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Your eyes changed my world {Ana Bolena}

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Your eyes changed my world {Ana Bolena}

Mensaje por Enrique VIII Tudor el Miér Sep 29, 2010 5:07 pm

El furor incesante que habitaba en los lugares más recónditos de la Corte era algo que ya se predecía horas atrás. No se trataba de ninguna de las tantas fiestas que Enrique, el joven y jaranero rey de Ingalterra, organizaba cada pocos días para entretenerse y, ¿por qué no? Atisbar de entre la muchedumbre alguna bella dama con la cual poder yacer en la madrugada posterior a una noche de extrema lujuria. No, esta vez se trataba de una celebración especial dada la situación, ya que la visita de los embajadores españoles así lo ameritaba. Una mascarada. Una divertida escena de teatro que culminaba con un estudiado y coreografiado baile en parejas.

Los segundos pasaban con rapidez, los minutos dejaban de ser eternos, y la hora concretada de la celebración se aproximaba como el mismo sonido de un relámpago segundos después de manifestarse. Empezaba a respirarse un ambiente de lo más caldeado. Aún así, la urgencia de sus séquitos horas atrás para que todo quedara a la perfección tal y como imponía Enrique, empezaba a tranquilizarse, dejando paso a un ámbito más calmo y apacible. Ya estaba todo listo; los invitados y los participantes de la obra empezaban a adentrarse en el gran salón. El joven y apuesto rey, todavía se encontraba en sus aposentos con un servidor que le modificaba los últimos detalles de su ropaje. Su torso estaba cubierto por una camisa negra como la noche con bordes dorados, y unas mallas que se ajustaban a su fuertes piernas, acordes con el traje y con las botas que le llegaban hasta las rodillas. Los ojos azul celeste del muchacho escudriñaban su semblante reflejado en el espejo, mientras que su mente divagaba en términos poco vinculados en la fiesta en particular.

"Majestad..." Le dijo el hombre al terminar su labor, para, seguidamente, dedicarle una servicial reverencia y alejarse por la puerta. Apenas se movió de su posición, su mirada seguía fija en aquel grande e inmaculado espejo que reflejaba la imagen de la grandeza que poseía. Antes de cruzar el umbral y encontrarse con el resto de hombres que vestirían su mismo ropaje, se colocó el antifaz y la corona; dos elementos indispensables para la representación teatral y el respectivo baile. El sonido de los tambores anunciando la llegada de los hombres que debían salvar a las dos doncellas prisioneras en la torre más alta del castillo, resonó por todo el salón. El joven monarca, camuflado entre los demás hombres, se colocó en su respectivo lugar, y se inclinó con los brazos hacia atrás en señal de cortesía. Esperó junto con el resto de hombres la señal que le indicara transpasar el castillo y "rescatar" a las damas prisioneras que se encontraba en la torre, para después ganarse el baile con alguna de las susodichas. Los ojos juguetones del pasional rey inglés se paseaban con vivacidad por todos los rostros que le eran conocidos. El monólogo para darle humor a la obra teatral y divertir a la muchedumbre se hizo presente de inmediato. Una que otra risa se escapó de los voluminosos labios del rey, cuando las damas vestidas de negro se negaban a liberar a sus prisioneras, las Grácias, aquellas que vestían de blanco y representaban la bondad, el amor, la constancia, entre otros calificativos.

La mirada inquieta del rey se había fijado en que, la muchacha que representaba a una de las Grácias prisionera en la torre, –más concretamente: Perseverancia– no se trataba de su hermana como bien se había acordado en un principio, sino de otra muchacha. Pese a la distancia, podía cerciorarse del color noche de su cabello recojido en un moño. Su rostro se ensombreció. ¿Margarita habría tenido algún percance? Torció los labios en una mueca de fastidio. Tenían que acordar la fecha para el viaje de ésta hacia Portugal, y esto tan sólo lo posponía. Pero, definitivamente, en aquellos instantes no era algo que le preocupara realmente. Puesto que aquella dama desconocida había llamado su atención, y estaba totalmente ofuscado en saber de quién se trataba. Su mirada, clavada cual clavo ardiendo en la figura de la mujer, así lo indicaba. "¡Al ataque!" Exclamó finalmente el actor encargado de llevar todo el peso de la obra. El rey, junto con los demás participantes, se precipitaron hacia el castillo hecho de madera para transpasar la barrera y salvar a las Grácias. Enrique, encontró un apoyo con el cual sujetarse con sus fuertes manos y apoyar el pie para, seguidamente, escalar la torre con suma facilidad. Considerando que ésta ni tan siquiera llegaría a los dos metros de altura. Estaba seguro de haber captado la atención de la joven doncella desconocida, dado que había sido el primero y, por ende, el más veloz de todos aquellos hombres en "rescatarla".

Aferró la mano de la joven con cierto arrebato antes de tan siquiera observarla; como si fuese suya, como si con aquel fuerte gesto marcara su territorio e impidiera que otros hombres intentaran llevársela de su merced. En aquel preciso instante, lejos de todo lo que pasaba a su alrededor, se encontró finalmente con su mirada. Entreabrió sus varoniles labios para pronunciarse, pero enmudeció. Tan sólo su acelerada respiración se mecía al compás de sus pupilas, aquellas que se perdían en los rasgos hipnotizantes que podía vislumbrar a través del antifaz de la muchacha. Logró recomponerse a los tres segundos, pero en su cabeza todavía persistía una suave melodía compuesta por las teclas de un piano. – Perseverance, you are my prisoner now. –Remarcó en un hosco e intenso susurro, mientras sus labios se curvaban en una lasciva sonrisa. – Y por ello, os pido que... No, os ruego que me concedáis este baile. –Concluyó sin borrar aquella expresión de ferocidad en su rostro. Sin la más mínima intención de soltar la mano de aquella hermosa desconocida de ojos color cielo que le había nublado la razón.
"In your eyes I am complete
in your eyes I see the doorway to a thousand churches
in your eyes the resolution of all the fruitless searches
in your eyes I see the light and the heat"
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Enrique VIII Tudor

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Re: Your eyes changed my world {Ana Bolena}

Mensaje por Ana Bolena el Vie Oct 01, 2010 4:56 pm

"Mantener el interés del Rey en vuestra persona, haced que su agonía perdure". Las palabras de Thomas Bolena resonaban en la mente de su hija Ana, mientras esta contenía la respiración durante unos segundos. Se apresuró a erguirse, a colocar la espalda completamente recta para que así el trabajo de la joven fuera más fácil y rápido. Los tirones que esta procuraba en ella, hacían que con cada uno ella echará un paso hacia atrás. Para rápidamente volver a la posición anterior. Y, con un último suspiro de sus labios, aquel corsé de color carne se ciñió completamente a su cuerpo. Resaltando, la ya esbelta de por sí, figura de la joven Bolena. Lo único que le faltaba para estar preparada, era el vestido. Era de un completo blanco nieve. Un conjunto que resaltaba sus azules ojos y el azabache de su largo cabello, debidamente reogido en un perfecto moño. No tardó mucho más en estar completamente vestida y acicalada. Mientras su mente solo pensaba en el cometido que se traía entre manos.
Se quedó frente a un espejo, observando sin prestar demasiada atención al corrazón de color azul que había dibujado sobre su mejilla izquierda. Pasó sus manos con suavidad por la cintura, como si tratara de alisar sus ropajes.
Por último, se colocó la banda blanca con aquella palabra que representaba a una de las Gracias, perseverancia. Esa palabra que, justamente , tendría que tener muy presente a partir de aquel momento.

-Ya estais lista, Lady Ana.-la muchacha reaccionó ante tales palabras girándose hacia la persona que la había ayudado a vestirse. Otra de las damas de la reina Catalina. Una sonrisa de puro agradecimiento iluminó su pequeño rostro.-Muchas gracias por vuestra ayuda, Lady Gabrielle.-ésta última, se retiró tras una mutua reverencia en la que ambas se despidieron. Colocó sobre su rostro aquel antifaz que impediría que los demás averiguaran de quién se trataba. Finalmente, sus manos se cerraron entorno a una pequeña "corona" dorada. La misma que todas las demás llevarían. Con un leve movimiento de sus brazos ésta ya se encontraba sobre su cabeza.
Su mirada era en aquellos momentos más penetrante que cualquier otra, escondiendo una tímida sensualidad secreta. En ese mismo instante, supo que estaba lista para la mascarada que tenía lugar. Sabía cómo tenía que actuar, qué era lo que tenía que hacer llegando un punto. No había vacilación alguna en sus ojos.

Sin más espera, apoyó el pie derecho para encaminarse junto con las demás hacia el lugar indicado. Donde aquel castillo de madera de unas dimensiones reducidas, esperaba la hora a la que la función tendría comienzo. Se movió en masa, junto a todas las demás y sin pronunciar una sola palabra. Subiendo por el lado izquierdo a las torres del castillo de madera. Se colocó exactamente junto a la hermana del rey, la princesa María. Observando a los demás asistentes aplaudir.
Pronto comenzó, en cuanto los caballeros que debían rescatarlas aparecieron en escena. Aquel cómico, empezó a distraer a los presentes, creando un ambiente de fiesta y diversión en el cual todos tomaran cartas en el asunto. Pero Ana no soltó ni una sonrisa, se mantuvo seria y mirando al frente. Tan solo de vez en cuando desviaba la mirada a los hombres de abajo. Tratando de averiguar cuál de todos ellos era su objetivo.

Tras aquel grito de guerra, todos ellos comenzaron a correr deliberadamente hacia el castillo. El primero de todos ellos, agarró la mano de Ana con firmeza. Cruzó sus ojos con los de él, a sabiendas en ese instante de quién se trataba exactamente. El hombre frente a ella enmudeció mientras ésta le dedicaba una brillante y bella sonrisa.
Tras las palabras del rey, Ana soltó una tímida y a la vez sonora carcajada. Zafándose del agarre que él estaba llevando a cabo con su mano.

Se dio media vuelta y casi como si de un juego se tratara, bajó las escaleras con velocidad. Se topó de lleno con otro de los caballeros que le ofrecia coger su mano. Sin pensárselo dos veces, Ana extendió la suya para que él pudiera terminar el agarre.
Juntos bajaron para comenzar el baile en el que todos tomarían parte. Avanzando con la mano alzada y agarrada por la del muchacho que la acompañaba. Sin embargo, la nada inocente mirada de Ana se cruzó con la de su padre, que se hayaba entre los presentes. Éste inclinó la cabeza en su dirección obteniendo como respuesta la nada. La simple y cómplice mirada de las más joven de sus hijas.
Se colocó en la parte derecha de la sala, junto a las demás damas. Fijándo los ojos completamente en la de su compañero de baile. La música comenzó a sonar en la sala, llenándo el ambiente de un acogedor halo.

Respiraba hondo, de una forma acompasada y, quizás, algo exagerada mientras la música paraba y un redoble de tambores se hizo presente.-¡Y ahora, todos serán desemascarados!.- y así fue. La muchacha notó tras de sí, unas manos que desataban el fácil nudo con el que la máscara blanca y dorada se mantenía sujeta a su cabeza. Tras eso se la apartó con la mano, dejándo su rostro al descubierto con una amplia sonrisa dedicada a su "rescatador". Bajó la mano y con una leve inclinación, le dio el antifaz a la dama que se encontraba tras de sí. Esperándo a que la música comenzara a sonar.

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Ana Bolena

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